LA RATA HUMANA.
En una biblioteca de la gran ciudad vivía una numerosa familia de ratas.
Todas se alimentaban de lo que podían. Muchas, y por lo general la gran
mayoría, se devoraban los libros. Salvo una, que tenia otros modos de proceder.
Ésta, los leía. Tal es la cantidad libros que se había devorado (es decir
leído) que llegó a creerse humana. Y esto fue lo que sucedió en cierta ocasión.
Ocurrió una tarde que uno de los historiadores de la ciudad, que estaba
trabajando en la biblioteca, dejo olvidados sobre la mesa de estudio sus hojas,
pluma y tintero. La rata humana que deambulaba por aquella sala divisó las
herramientas de trabajo sobre la mesa. Ella, la rata, hacía tiempo venía
observando con curiosidad al viejo historiador sumido en su investigación, y
decidió entonces realizar otra actividad humana. Así es que la rata “humana” se
aprestó a escribir, como pudo y de modo ferviente. Estas fueron sus primeras
líneas:
“Esta noche siento que escribir es lo
único que me garantizará sobrevivir o por lo menos prolongar cierta agonía que
llevo dentro mío. Extrañamente otras veces me había sucedido, pero nunca tuve
con qué escribir a mano. Sin embargo hoy sí, tengo sólo una hoja y tinta.
“Hace días que estoy muy pensativa con
respecto a mi cobarde existencia. No dejo de pensar en lo mal que vivo. En lo
débil que soy. Pero también en lo terriblemente fuerte que puedo llegar a ser
para soportar todo lo que constituye una rutina miserable. No recuerdo tener
ningún momento de satisfacción plena en la cual posar mis recuerdos. Solo una
sensación de querer estar bien. Me cuesta situarme en la magnitud de mis
miserias. Se que están ahí, y que haga lo que haga se las arreglarán para
volver a molestar. Lo único que me consuela es pensar que es propio de mí constitución
psicológica y social. Y que al ser algo cotidiano me acostumbre alguna vez.
Pero no es así, sé que no lo es. En algún momento de mi existencia se que perdí
(, algo esencial para sentir el bienestar,): la capacidad de auto-engañarme, de
auto-engaño. Capacidad que desprecio, pero comprendo que la sociedad necesita de
ella.
“Puede que esta noche deje de ser humana. Y empiece a enfrentar todo lo
que me perturbe. No prometo ganar, como lo haría cualquier otro ser, mucho
menos perder. Solo pactaré. Si preciso dormir: dormiré, pero a cambio
despertaré. Si necesito comer: comeré, pero a cambio defecaré. Y si deseo estar
bien: estaré bien pero a cambio me engañaré.” La rata garabateó algunas letras
más y se alejó de la mesa aturdida, pues la escritura había desatado profundas
emociones en ella.
Los demás roedores que se encontraban en
uno de los estantes de la sala, mordisqueando algunos volúmenes de Derecho
constitucional, no repararon en su compañera que iba ahora por el suelo
tambaleándose entre mesas y sillas. Pero la rata humana sí reparó en sus
congéneres, que eran en gran medida parte de sus nuevos pensamientos, lo que
influyó aún más en su agobio. Ocurrió, que la rata al contemplar a sus
familiares hiriendo despreocupadamente preciosos volúmenes de la cultura
humana, a la cual ella creía pertenecer, se dio cuenta que si había alguien
errado en aquel recinto, no podía ser nadie más que ella. Pues entendió que,
humana o no, el pensamiento es una abominación antinatural, y que su padecer se
debía justamente a esa cualidad. En algún momento había dejado de sólo vivir;
de ser como sus hermanas, que ahora reñían por un pedazo de embutido que habían
hallado. Ellas no parecían reflexionar mucho nada.
La rata, un poco agitada por sus elucubraciones, dejó su torpe marcha y
se apoyó en el umbral del salón histórico de la biblioteca. Tenía la mirada perdida, y respiraba con
dificultad, pero logró recomponerse. Allí, apoyada en la pared, volvió a
reflexionar… estaba aún más convencida de lo acertado de su resolución anterior.
Aunque le parecía un imposible lo intentaría, estaba dispuesta a dejar de ser
humana, a ser más cómo aquellos animalitos que tanto se le parecían; no estaba
segura de lograrlo pero quizá imitando a los otros lograra pasar desapercibida,
y con el tiempo realmente llegar a ser una más.
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Esa misma noche la rata se comió las tapas de cuero de unos libros muy
antiguos. A la rata ya no le hacia bien ser humana, por sobretodo pensar.
Para estar bien hay que saber engañarse un poco. Tenemos que guiar
nuestro cuerpo y mente en objetivos, a veces, inalcanzables o absurdos.
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