Peces pesados.
Rondaban las nueve de la mañana de aquel día
domingo. Juan Pérez se encontraba en la cocina de su humilde morada tomando
mate y para variar discutiendo con Juana, su compañera, sobre vaya uno a saber
qué. Aunque los gritos y alaridos de ambos dificultaban entender el contenido
de la disputa,
para ellos era normal, audible y ensayado.
Estas continuas discusiones estaban
hartando a Juan, y hacía unos días que se había propuesto no seguirle la
corriente a su compañera. Pero aquello era más fuerte, no pudo contenerse, y se
hallaba nuevamente discutiendo. Fue entonces que le vino una idea. <No tengo
porqué soportar esto, me marcho>, se dijo a si mismo. A donde no
importaba, tenía que salir. Fue así que
dejando a Juana con una frase a medio terminar, se levanto y se dirigió al
baño. Allí, se paró frente al lavabo y comenzó a mojarse la cara y el cuello.
De frente al espejo, pero sin mirarse en él, recordó que una semana atrás había
estado ordenando sus herramientas, y que sin querer había dado con los viejos
elementos de pesca que él y su padre solían usar. <<¡Claro!, puedo ir a
pescar…>>, así lo hizo. Salio del baño y fue hacía el cuarto de las
herramientas y tomó, de una vieja caja de madera, un par de cañas, riles y
viejos anzuelos. Puso los objetos en una bolsa de grueso plástico con manijas y
volvió al cuarto donde se hallaba Juana. Esta, seguía sentada en su lugar, pero
ya no hablaba y su expresión había cambiado. Parecía dispuesta a hacer las pases,
claro, para luego volver a empezar. Pero, al ver que Juan entraba en el cuarto
con aquella bolsa, no pudo controlar un mohín de descontento y desconcierto a
la vez, agregando << ¿Que vas a hacer con esa bolsa? ¿Adonde vas? >>,
al tiempo que miraba el rostro enjuto y mofletudo de Juan, golpeado por varias
décadas de una vida magra en alegrías. Pudo Juana discernir, por la expresión
de su hombre, que él no estaba dispuesto a continuar discutiendo, y que de
hecho se aprestaba a marchar. Juan, dándole la espalda respondió murmurando, mientras
tomaba su gastada campera rompevientos.
-A
pescar, Juana. Vuelvo más tarde.
-Pero…
Ella no pudo articular ninguna palabra
luego de ese ‘pero’, estaba verdaderamente desconcertada. Aquel hombre con el
que compartía su vida desde hacía tanto tiempo, parecía ahora cansado, de
espaldas allí, un poco encorvado y con movimientos parsimoniosos, se veía
verdaderamente viejo y cansado. Estaba claro que ella tenía que ver en ese
cansancio, lo que disgustaba a Juana, que temía perder a su pareja.
Juan, ya listo para partir, sin volverse,
fue hacia la puerta. En ese instante, cuando se aprestaba a alejarse de aquella
casa, sintió un repentino sentimiento de culpa, y deseos de abrazar a su mujer
y darle un cálido beso, como cuando eran más jóvenes. Pero sabía que eso no
podía ser, no iba a ocurrir, y aunque lo intentara ella lo rechazaría.
Entonces, durante un segundo, Juan permaneció frente a la puerta de entrada,
sintiendo los ojos de Juana clavados en su nuca. Con todo, sentía pena por su
mujer que estaba tan sola en el mundo y tan mal acompañada como él. Dio media
vuelta y se inclinó hasta la mesa donde estaba ella, al tiempo que metía su
mano libre en el bolsillo. <<Tomá, para el almuerzo. Al atardecer ya
estaré volviendo>>, sabía que ella no había cobrado aún, y que la
heladera, como de costumbre, era un desierto.
Luego sí, salió por el pasillo que
compartían con los inquilinos de los otros departamentos. Abrió la puerta
principal y vio su Renault 12 rojo y descascarado esperándolo.
Ya en la autopista, Juan se sentía como sí
hubiera despertado de un sueño pesado, del que no recordaba más que un desagradable
sabor amargo. Pero el día era increíble, la iluminación del sol era exuberante,
sin ser calurosa bañaba todo por igual. Una sonrisa tibia se dibujo en el
rostro de Juan. Rondando el mediodía, el hambre era inexorable. Apareció
entonces un pequeño puesto de “Chori”. El viejo Renault desaceleró y se aparcó
en aquel austero puesto. Juan comió y aprovecho para indagar al viejo tendero
sobre las posibilidades de pesca, y principalmente por el lugar en el que él
solía pescar. En efecto la costa de Punta Indio seguía intacta y abierta al
público. Allí se dirigió, luego de pagarle al taciturno vendedor de emparedados.
Para llegar a la costa mencionada había que
entrar por una larga y frondosa callecita, que asemejaba un gran túnel natural,
por el que los rayos del sol se colaban trémulos. Luego de unos pocos minutos
de viaje por ese paisaje, Juan arribó a la orilla del río. Salvo por algún que
otro pescador alejado, no había nadie más allí. Estacionó el coche, extrajo sus
elementos de pesca y se dirigió hacia lo que le pareció un buen lugar para
arrojar su cebo. Parado allí, ya no pensaba en nada más, sólo se concentraba en
armar su línea, encarnar y todo lo necesario para tener éxito en su tarea (Juan
no sabía si a todos los pescadores les ocurría, pero a él siempre le había
disgustado tener que atravesar a las inocentes lombrices con los afilados
anzuelos. Pero pensaba que era necesario, aceptaba soportar su mala conciencia,
si conseguía una buena presa. “Es más – se convencía- los hombres hemos perdido
parte de la madurez que conlleva cazar y matar nuestro propio alimento, eso hace
respetar aún más la vida”).
Rápidamente pasó una hora pero salvo por
pequeños piques, nada conseguía Juan. Igualmente lo disfrutaba, le fuera bien o
mal estaba dispuesto a retomar aquel sano hábito, quien sabe quizá la traería a
Juana. No obstante, pescar algo no estaría nada mal, pensaba. Esto discurría,
cuando de su izquierda comenzaron a llegar unas voces. Había allí, a unos pocos
metros un alambrado pequeño con unos arbustos detrás que no le permitían ver de
donde, y de quien, provenían las voces. Claramente era una conversación entre
dos hombres, dos pueblerinos. Al cabo de un momento los arbustos se agitaron, y
de allí salieron tres hombres con baldes y cañas. Dos iban hablando, y un
tercero escuchaba gravemente a los otros dos. Estos pasaron al lado de Juan,
que los saludo moviendo la cabeza. En ese instante los que hablaban callaron y
devolvieron la mirada, pero no el saludo; el tercero continuó inmutable, serio
y mirando al piso. “Gente de campo”, pensó Juan.
Aquello le dio una idea. De esta forma
comenzó a reflexionar: “estos tipos estaban pescando atrás del alambrado, y
tuvieron suerte, evidentemente ahí hay pique… Claro no parecían ser los dueños
y…” en ese momento, Juan posó sus ojos en un cartel derruido, que había sobre
el cerco, en el que se leía PROHIBIDO PASAR, PROPIEDAD PRIVADA. Pero sus ganas de
volver a casa con un gran pez, evidencia de su escapada ante los ojos de Juana,
a quien por otro lado volvía loca el pescado, fueron más fuertes. Mientras
pasaba por entre el seto vivo, decía casi en voz baja, “es ilegal que a uno no
lo dejen tener acceso a los ríos, el río es de todos….”.
El paisaje había cambiado poco, el río de
frente y el campo con su rala vegetación a su espalda, salvo que el cerco
estaba ahora a su derecha. Mirando al norte, es decir a su izquierda, a eso de
unas diez cuadras se veía una antigua casa derrumbada rodeada de árboles. Estaba, indefectiblemente, abandonada, pintada con color turquesa, ya deslucido. No sabía porqué, pero aquella
vieja casona de campo le causo de pronto un filoso pavor mezclado con unas
intensas ganas de ir allí. Rápidamente movió su cabeza y alejó la mirada de
aquella escena, y entornando los ojos volvió a concentrarse en su misión. Voy a
tener suerte- se dijo – ahora sí.
Así fue. Uno tras otro los peces comenzaron
a convertirse en pescados. ¡Cómo pelean los desgraciados! Siempre daban pelea,
una pelea que no se condecía con su tamaño, y al sacarlos por fin del agua,
Juan se debatía si matarlos en el momento o dejarlos vivos en su cubo de
plástico. Así se pasó otra hora. Ocho pescados había, cuatro dentro del balde
de plástico y cuatro muertos a su lado. Juan estaba bastante cansado de tanta
pelea con sus presas, así que decidió sentarse un momento. Pero a los pocos
segundos opto por volver a su tarea. “Si no los limpio rápido a los que ya mate
se pueden descomponer…” buscó su cuchillo. Fue entonces que ocurrió algo
bastante extraño.
Se arrodillo y tomó el primer pescado con
una mano mientras en la otra sostenía el cuchillo, y notó lo
especialmente pesado de aquella presa, que no acusaba más que unos 25cm. ¡¿Pero
qué se comió, este?! Exclamó Juan sin darse cuenta. Estaba dispuesto a
averiguarlo. Hundió la hoja del afilado cuchillo en la panza de aquel bagre, con la técnica que recordaba de cuanto era un muchacho y su padre le encargaba ‘limpiar’ lo que
habían pescado. Acto seguido, las vísceras del pequeño animal afloraron todas
brillantes y húmedas, Juan con su mano derecha las arrancó y entonces no pudo
dar crédito de lo que sus ojos veían. Volvió a casi gritar sin pensarlo. ¡Oro!
Exclamó esta vez, y otra vez: ¡Oro! (Es necesario saber que durante buena parte
de su vida, Juan había trabajado en una vieja joyería en Once. Un trabajo que
le consiguió su tío Peto, con el que también solía ir de pesca, su primer
trabajo en realidad).
Juan no podía creerlo ese bagre tenía en sus
entrañas tres pepitas de oro, de buen tamaño. Las agarró, las acercó a su cara…
era oro. Esto lo dejo absorto, sentado, como vencido, sin exclamaciones. Pero
se incorporó y agarró el próximo pescado, también pesado, demasiado para su
tamaño: lo mismo, tres piedras de oro. Y lo mismo con los demás pescados, todos
con oro entre sus vísceras. Fácilmente calculó un kilo, allí entre sus manos.
No lo podía creer, pero como un rayo se le aclaró la mente, y se dio cuenta que
lo mejor era irse del lugar, con el botín. Tomo la caña, el balde con los
pescados dentro, y debajo de ellos el increíble oro. Se irguió, echó una mirada
hacia la casa turquesa, se volvió y se
dispuso a atravesar el cerco. Una vez que cruzó notó que no había más pescadores
en la orilla, y caminó hasta el Renault 12.
Una vez en este, sentado con el balde en el
asiento de acompañante, advirtió que sus
manos temblaban. Mejor me calmó- se dijo, y tomó el volante con firmeza,
decidido a volver a casa, allí pensaría que había ocurrido y que hacer con
todos esos trozos de oro.
Mientras
se aprestaba a darle arranque al coche Juan miraba el balde en el asiento, por
eso no noto que alguien se acercaba. TOC, TOC, TOC, sintió en su oído izquierdo,
al tiempo que una sombra bañaba la cabina del automóvil. El golpe provenía del vidrio del
lado del conductor, y lo producía con una anillo un paisano, uno de los tres con los que antes se había cruzado Juan en la orilla.
-Abra Don.
Juan
vio que los tres de antes estaban allí parados junto al auto,y tenían aspecto de
haber estado bebiendo.
-¡Abra Don!
Volvió a repetir el primero.
- Si, eh… ¿qué
pasa muchachos?, dijo mientras bajaba la ventanilla.
- No, que no podés
pescar acá.
- Ah… bueno, yo
ya me estoy yendo igual.
- Vo’ no me ecuchaste
a mi, acá no se puede pescar. Dijo el mozo, mientras se inclinaba posando sus
ojos acuosos y extraviados en el balde. Mirá Luí, otro
que nos quiere robá los pescado.
- No muchachos…
Juan no sabía que decir. Mientras tanto, el segundo de ‘los muchachos’ se acercó
hasta la puerta del acompañante, y haciendo una visera con sus manos se apoyo
en la ventanilla, como queriendo ver para dentro.
Juan volvió a tomar el volante y luego de exhalar
pesadamente, dijo – Yo no vengo a molestar a nadie, ya me estoy yendo, mientras
se aprestaba a encender el motor.
- Vo te vas a
ir, pero los pescados se quedan acá.
En
ese mismo instante el Luí abrió la puerta y de un arrebato tomó el balde con
los pescados y el oro y salió corriendo, mientras gritaba ¡acá no se puede
pescar!
Juan
se volvió hacia la izquierda y vio que los otros dos se alejaban también, al
trote, y sólo se daba vuelta el que antes no hablaba echándole una sonrisa
idiota. Nuevamente la cabeza se le aclaró, y rápidamente huyó de allí.
Camino a casa paró en un supermercado, y
compró pescado. El pescado era de mar, no tenían de río… total Juana no lo
notaría. Una vez en casa, Juan se puso cómodo. Juana se había calmado, y lo
estaba tratando de forma desusada, se podría decir casi dulcemente.
Mientras su mujer preparaba el pescado de
mar, Juan nuevamente se puso a pensar en todo ese oro, en cómo se habrían
solucionado algunos de sus problemas y… en ese momento Juana se dio vuelta y
sonriendo le tiró un beso con los labios. Juan le devolvió la sonrisa, y el
beso, mientras se decía a si mismo: “¡Nsch! De última, la sonrisa de Juana vale
más que todo el oro del mundo”.
FIN